viernes, 5 de septiembre de 2008

República Dominicana (día 1)

De un aeropuerto a otro


Llegar a República Dominicana no fue fácil. Primero: conseguir mi boleto, segundo: pagar un taxi de San José al aeropuerto, tercero: ir a un festival de poesía, cuarto: ya en el aeropuerto, ver la cara de mi amigo William subiéndose a un avión por primera vez, quinto: recordar nuevamente que iba a un festival de poesía. El vuelo se atrasó hora y media en mi país y como tres buenos ticos nos quedamos en la sala de abordaje mirando el partido de Saprissa, que como buenos ticos también disfrutamos su perdida. Compramos en la duty free unas botellas guaro Cacique en son de hermandad para los poetas dominicanos (eso es otra historia). Ya en el avión, William anhelaba la ventana, al final, nos dieron asientos separados; Adriano y yo de un lado, William en otro asiento al lado del pasillo, William no hizo cucharas pero casi. Siempre me pasa lo mismo cuando despega un avión y voy dentro, pienso en la muerte, en un aterrizaje forzoso en medio del océano, o que el avión parta en mil pedazos un ave nocturna y siempre toco la parte de abajo de mi asiento para comprobar si efectivamente está mi chaleco salvavidas; ahí estaba. El avión despega y me despido de mi país en silencio, mientras tanto, los esposos rusos, sentados a dos filas de nosotros, juegan con sus hijos gemelos y les cantan canciones de cuna en ruso. Me imaginé a Chejov pensando en caca de bebe y pañales para escribir sus cuentos, me dio risa, Adriano me mira asustado. Estamos sentados a pocos metros de los que viajan en clase ejecutiva, una simple cortina nos divide de clase social o aérea, porque en esta aerolínea no existe la primera clase, es decir, lo que no sucede en la tierra, existe en el cielo aunque sea por unas horas. La aeromoza reparte pan y refrescos con una sonrisa angelical pero laboral, no le creo, William trata de mirar por la ventana pero el señor canoso de su lado tapa la ventanilla, Adriano lee Mi Siglo de Gunter Grass y estornuda. Me duermo por hora y media y pude haber soñado. Uno de los gemelos rusos grita y me despierto, sus quejidos son un balazo directo a la sien, la madre le trata de hablar cariñosamente pero su idioma no se lo permite. Se escucha en los parlantes que pronto aterrizaremos en Santo Domingo, el rusito deja de llorar. Es de madrugada y el avión va aterrizando en cámara lenta. Tardamos un rato en salir del avión porque la puerta de salida se atoró. Salimos con el pasaporte y el cacique en la mano, la poesía bien escondida (eliminar rima) en las maletas. Pagamos el impuesto de turista y cumplimos con el papeleo de migración, caminamos por un pasillo desolado hacia la puerta de salida del aeropuerto las Americas. Allí había gente con pancartas que levantaban cada vez que veían a alguien con cara Jack Solommer, Ana Vestarga, Ulises Vispenta o algo así. Salimos con la ilusión de ver a los amigos del festival de poesía Jarabacoa 2008. Pasó una hora, dos, nadie llegó por nosotros y esta bien me dije, además no somos poetas griegos para que nos tiraran flores o nos esperara la prensa o la academia. Nos quedamos hasta el amanecer en unas bancas. Pensé de nuevo que iba para un festival de poesía y me deprimí. De vez en cuando salía a fumar donde estaban los taxistas, pasaba del aire acondicionado del aeropuerto a la temperatura ambiente y es una sensación difícil de explicar. Pregunté a los taxistas a que hora salía el bus hacia Santo Domingo y me contestaron que qué coño era eso. Amaneció alrededor de las 6 30 AM, Adriano y William dormían con lentes oscuros sobre una banca, de fondo, el rótulo del Super Hipódromo Sports, la mujer de la limpieza parecía que apostaba con el guarda a ver cual de los dos poetas se despertaba primero, cualquiera diría que eran una ojerosa banda de rock que no renunciaba a los años 70. Los dados se habían tirado, nadie iba a venir por nosotros. El único chance de salir del aeropuerto lo tenía en mi billetera, el número de teléfono de la casa de Frank Báez. Supuse que Frank ya estaba levantado, me dirigí al teléfono público más cercano y solo funcionaba con monedas de 5 pesos, compré un Mangú en la soda del aeropuerto para tener suficiente cambio. Marqué el teléfono y se escucharon tres timbrazos, me contesta una señora, que al final resultó ser la madre de Frank:
- Buenos días señora, ¿se encuentra Frank Báez?
- ¿Padre o hijo?
Me quedo razonando unos segundos, pensando que si el Frank que conozco tiene hijos, a lo mejor me contestaría un niño.
-¡Hijo!. Contesté con duda y quedé a la espera. Al rato contesta Frank con voz soñolienta y lo que acá vengo escribiendo en dos páginas
se lo dije en 15 segundos. De momento Frank no entiende y se corta la llamada.
- ¡Puta sal¡. Grité con furia.
Una mulata con un revólver en la cintura me miro de reojo y de nuevo más y más monedas de 5 pesos. Al final Frank me dijo que fuera a su casa y ahí nos calmábamos un poco.
- Ok, dije. Apuntando en una servilleta la dirección. El día apenas empezaba


Llegar a la casa de un Poeta

Después de regatear un rato con el taxista, no hubo forma de que nos bajara la tarifa del taxi. Le doy la dirección de la casa de Frank, las maletas en la joroba del taxi y dentro de las maletas los poemas. Tomamos la autopista hacia Santo Domingo. El taxista, un tipo moreno, de unos 65 años, con lentes culo de botella, zigzagueaba de un carril a otro, nuevamente pienso en la muerte y que voy para un festival de poesía. A 110 km por hora, el mar caribe parecía un gran dragón chino que se despertaba. Nos fuimos adentrando a la cuidad con Alejandro Fernández como banda sonora. Había embotellamiento en el puente Duarte, las motos pasaban hasta con cuatro personas guindadas en ellas, las guaguas a reventar, la vista a la ciudad invicta, el taxista no usaba las direccionales y de vez en cuando tocaba la bocina con el codo. Doblamos a la derecha y pasamos por debajo del puente buscando la Washington, un travestido, sentado en unas gradas, fumaba con la pierna cruzada.
- Maricón de mierda! Dice el taxista
- ¿Cómo va la construcción del metro? Le pregunta Adriano para calmarlo.
- como debe de ir, como una mierda, eso no va a quitar este montón de guaguas y de maricones en Santo Domingo.
- ¿pero ya está terminado?
- No, loco, eso va pa rato y el paí se endeuda y se endeuda.
- Con razón nos cobraron 40 dólares por el servicio. El taxista lo mira como regañándolo y solo Alejandro Fernández canta Mátalas

William viene con una cara entre asombro y sueño. Le toma fotos hasta a las muflas de los carros que están a punto de caerse. Recorremos la Washington, la aguja de la gasolina del taxi marca empty desde que salimos del aeropuerto, yo sigo pensando en la muerte y no se por qué, una mujer trota con su perro por el malecón, las vendedoras de periódicos se concentran en los semáforos y se reparten entre los carriles de la avenida, un motociclista por poco choca contra un Honda Civic.

- ¿Cuál era la dirección? me pregunta el taxista
- Sí, residencial José Contreras, 10 ½ de la independencia, frente a casa España, calle B, edificio 4, manzana 6-.
- Ok para ahí vamo entonce-
y acelera justo después de pasar el obelisco.
- Éste es el obelisco macho. Dice el taxista mientras toca la bocina como un demente.
Entonces pienso que debe de haber un obelisco hembra, pero no se lo digo a nadie. Miro con temor la aguja de la gasolina parpadeando, otra vez la maquinita de que voy para un festival de poesía en mi cabeza.
Llegamos al residencial José Contreras. Había niños que partían a sus escuelas en grupo, señoras con una bolsa de pan en la mano, mujeres que se miraban en un espejito y definían sus labios, empleados recogiendo la basura.
- ¿Señora, Manzana 6?. Le pregunta el taxista a unas señoras que hablaban a la salida de un edificio.
- ¡Ah!, dé la vuelta a estos dos edificios y ¡ahí es!. Dice la que andaba con unos rulos en la cabeza.

Dimos la vuelta a los dos edificios, pero era otro número de manzana y otro número de calle. Ya empezaba a hacer calor y mi espalda se pegaba a los forros del asiento.

- ¿Calle B, Manzana 6?. Vuelve a preguntar el taxista a unas estudiantes.
- Esta es la B, pero de la manzana A. Dice una
- ¿Y la B de la manzana 6?
- No sé.
- Coño, ¿pero onde diablo e?

Damos más vueltas y nadie sabe. El taxista se rasca la cabeza y está a punto de mandarnos al carajo. Adriano se pone a vociferar, William tiene puesto su i pod y no le interesa lo que pasa. Le pregunto a un señor que corta el césped si conoce al poeta Frank Báez.

-¿ al qué?
- al poeta Frank Báez. Le vuelvo a preguntar.
- ¡Ahh no!, acá no vive ningún poeta.
- No le pregunte a gente ignorante. Me dice el taxista y vuelve a poner el cd de Alejandro Fernández.

Un tipo gordo con la gorra hacia atrás, viene con un palo de madera en las manos, juega a beisbolista strike tras estrike.
- antes que me des con ese palo, dime onde queda la manzana 6, edificio 4. le dice el taxista.
El tipo vuelve a fallar con la bola invisible y se ríe.
- bajen dos calles má y doblen a la derecha, ahí etá el edificio que utedes bucan.

El taxista no dice gracias, yo le digo gracias al tipo y se quita la gorra como se hubiese conectado un home run en nuestra esperanza. Al entrar en esa calle, mirè hacia el segundo piso del edificio 4, y allí estaba Frank saludando desde el balcón de su casa. Bajamos las maletas, le pagamos al taxista, tampoco dijo gracias, y no tenía porque, ya nos había soportado lo suficiente. Frank salió en un pijama rojo y una camisa amarilla con un pollo dibujado. Se lo presenté a mis amigos y subimos a su casa. Inmediatamente le entregué unos regalos enviados por sus amigos de Costa Rica y un six pack de Imperial que ojalá haya disfrutado. Hablamos de poetas ticos y dominicanos, compartimos libros, chismeamos un rato. La idea de que iba a un festival de poesía la olvidé por un rato, gracias al desayuno que la madre de Frank nos invitó( el mejor desayuno de todo el viaje). El sol empezaba a subir y en la casa del poeta entraba una brisa recuperante. Después de unas cuantas llamadas Frank logró encontrar la dirección de la pensión donde nos hospedaríamos, y se ofreció a llevarnos. Y mientras conducía, de vuelta por la Washington, nos contaba que en Santo Domingo, a las mujeres feas se les dice grillos. El sol nos pegaba perpendicularmente y los haitìanos vendían agua de coco en la calle. La transición del aire acondicionado a la temperatura ambiente aún no la he podido explicar.

10 comentarios:

Frank Báez dijo...

No, Ricardo, a las mujeres más feas se le dicen grillos.

blogworkorange dijo...

No le pregunte a gente ignorante, mierda, lo veo como si yo hubiese estado ahí. Enjoy the sun and the hurricanes.

Malasombra dijo...

gracias hermano, ya hice la correccin, igual aca en CR grillo significa lo mismo, luego de la cancion aquella:" Yo no soy grillero"

daniel lucas dijo...

gracias por pasarte por mi blog..

Rosa Silverio dijo...

Frank, pero yo pensaba que era a las mujeres feas y "ñañarosas". No es solamente que sean muy feas, hay que verse como "rullía" también.

Me ha gustado la crónica. Como no fui al festival, me estoy poniendo al día de todo lo ocurrido allá.

Saludos, Ricardo.

Una pena que empezaron así su estadía en R.D.

Yo creo que Taty debió de recibirlos con un perico ripiao. :)

Proyecto Madrugada dijo...

El "obelico hembra" ta ma pa`tra del "obelico macho"...

Muy buena la cronica...

Grillo o Cocote se le dicen a las mujeres mas feas y rullias...

Saludos desde Sadalsuud...

Caro Flores dijo...

... ¡qué angustia! ¿verdad que esas no son direcciones reales? No quisiera yo enterarme de las fans grillos de Frank llegando hasta su casa...
(ya quiero leer más...)

Rosalina Benjamin dijo...

Qué odisea, viejo.

Asi es la cosa en mi querido país.
Lamentable esa primera impresión...y con la epidemia de poetas que hay aqui, que no se pueda llegar fácil a la casa de uno es de risa.

Espero el resto.

Henry dijo...

viejo...que trotesito mas feo... ya me contaste algo en el ''festival''(Frank no te perdiste de nada) otra palabra usada para una mujer fea es aparato.

la pequena arara dijo...

Hola, interesante la situación. Eso solo puede pasar en Santo Domingo. Esperaré la continuación.

Saludos desde Santiago,

Daniela.