viernes, 5 de septiembre de 2008

República Dominicana (día 1)

De un aeropuerto a otro


Llegar a República Dominicana no fue fácil. Primero: conseguir mi boleto, segundo: pagar un taxi de San José al aeropuerto, tercero: ir a un festival de poesía, cuarto: ya en el aeropuerto, ver la cara de mi amigo William subiéndose a un avión por primera vez, quinto: recordar nuevamente que iba a un festival de poesía. El vuelo se atrasó hora y media en mi país y como tres buenos ticos nos quedamos en la sala de abordaje mirando el partido de Saprissa, que como buenos ticos también disfrutamos su perdida. Compramos en la duty free unas botellas guaro Cacique en son de hermandad para los poetas dominicanos (eso es otra historia). Ya en el avión, William anhelaba la ventana, al final, nos dieron asientos separados; Adriano y yo de un lado, William en otro asiento al lado del pasillo, William no hizo cucharas pero casi. Siempre me pasa lo mismo cuando despega un avión y voy dentro, pienso en la muerte, en un aterrizaje forzoso en medio del océano, o que el avión parta en mil pedazos un ave nocturna y siempre toco la parte de abajo de mi asiento para comprobar si efectivamente está mi chaleco salvavidas; ahí estaba. El avión despega y me despido de mi país en silencio, mientras tanto, los esposos rusos, sentados a dos filas de nosotros, juegan con sus hijos gemelos y les cantan canciones de cuna en ruso. Me imaginé a Chejov pensando en caca de bebe y pañales para escribir sus cuentos, me dio risa, Adriano me mira asustado. Estamos sentados a pocos metros de los que viajan en clase ejecutiva, una simple cortina nos divide de clase social o aérea, porque en esta aerolínea no existe la primera clase, es decir, lo que no sucede en la tierra, existe en el cielo aunque sea por unas horas. La aeromoza reparte pan y refrescos con una sonrisa angelical pero laboral, no le creo, William trata de mirar por la ventana pero el señor canoso de su lado tapa la ventanilla, Adriano lee Mi Siglo de Gunter Grass y estornuda. Me duermo por hora y media y pude haber soñado. Uno de los gemelos rusos grita y me despierto, sus quejidos son un balazo directo a la sien, la madre le trata de hablar cariñosamente pero su idioma no se lo permite. Se escucha en los parlantes que pronto aterrizaremos en Santo Domingo, el rusito deja de llorar. Es de madrugada y el avión va aterrizando en cámara lenta. Tardamos un rato en salir del avión porque la puerta de salida se atoró. Salimos con el pasaporte y el cacique en la mano, la poesía bien escondida (eliminar rima) en las maletas. Pagamos el impuesto de turista y cumplimos con el papeleo de migración, caminamos por un pasillo desolado hacia la puerta de salida del aeropuerto las Americas. Allí había gente con pancartas que levantaban cada vez que veían a alguien con cara Jack Solommer, Ana Vestarga, Ulises Vispenta o algo así. Salimos con la ilusión de ver a los amigos del festival de poesía Jarabacoa 2008. Pasó una hora, dos, nadie llegó por nosotros y esta bien me dije, además no somos poetas griegos para que nos tiraran flores o nos esperara la prensa o la academia. Nos quedamos hasta el amanecer en unas bancas. Pensé de nuevo que iba para un festival de poesía y me deprimí. De vez en cuando salía a fumar donde estaban los taxistas, pasaba del aire acondicionado del aeropuerto a la temperatura ambiente y es una sensación difícil de explicar. Pregunté a los taxistas a que hora salía el bus hacia Santo Domingo y me contestaron que qué coño era eso. Amaneció alrededor de las 6 30 AM, Adriano y William dormían con lentes oscuros sobre una banca, de fondo, el rótulo del Super Hipódromo Sports, la mujer de la limpieza parecía que apostaba con el guarda a ver cual de los dos poetas se despertaba primero, cualquiera diría que eran una ojerosa banda de rock que no renunciaba a los años 70. Los dados se habían tirado, nadie iba a venir por nosotros. El único chance de salir del aeropuerto lo tenía en mi billetera, el número de teléfono de la casa de Frank Báez. Supuse que Frank ya estaba levantado, me dirigí al teléfono público más cercano y solo funcionaba con monedas de 5 pesos, compré un Mangú en la soda del aeropuerto para tener suficiente cambio. Marqué el teléfono y se escucharon tres timbrazos, me contesta una señora, que al final resultó ser la madre de Frank:
- Buenos días señora, ¿se encuentra Frank Báez?
- ¿Padre o hijo?
Me quedo razonando unos segundos, pensando que si el Frank que conozco tiene hijos, a lo mejor me contestaría un niño.
-¡Hijo!. Contesté con duda y quedé a la espera. Al rato contesta Frank con voz soñolienta y lo que acá vengo escribiendo en dos páginas
se lo dije en 15 segundos. De momento Frank no entiende y se corta la llamada.
- ¡Puta sal¡. Grité con furia.
Una mulata con un revólver en la cintura me miro de reojo y de nuevo más y más monedas de 5 pesos. Al final Frank me dijo que fuera a su casa y ahí nos calmábamos un poco.
- Ok, dije. Apuntando en una servilleta la dirección. El día apenas empezaba


Llegar a la casa de un Poeta

Después de regatear un rato con el taxista, no hubo forma de que nos bajara la tarifa del taxi. Le doy la dirección de la casa de Frank, las maletas en la joroba del taxi y dentro de las maletas los poemas. Tomamos la autopista hacia Santo Domingo. El taxista, un tipo moreno, de unos 65 años, con lentes culo de botella, zigzagueaba de un carril a otro, nuevamente pienso en la muerte y que voy para un festival de poesía. A 110 km por hora, el mar caribe parecía un gran dragón chino que se despertaba. Nos fuimos adentrando a la cuidad con Alejandro Fernández como banda sonora. Había embotellamiento en el puente Duarte, las motos pasaban hasta con cuatro personas guindadas en ellas, las guaguas a reventar, la vista a la ciudad invicta, el taxista no usaba las direccionales y de vez en cuando tocaba la bocina con el codo. Doblamos a la derecha y pasamos por debajo del puente buscando la Washington, un travestido, sentado en unas gradas, fumaba con la pierna cruzada.
- Maricón de mierda! Dice el taxista
- ¿Cómo va la construcción del metro? Le pregunta Adriano para calmarlo.
- como debe de ir, como una mierda, eso no va a quitar este montón de guaguas y de maricones en Santo Domingo.
- ¿pero ya está terminado?
- No, loco, eso va pa rato y el paí se endeuda y se endeuda.
- Con razón nos cobraron 40 dólares por el servicio. El taxista lo mira como regañándolo y solo Alejandro Fernández canta Mátalas

William viene con una cara entre asombro y sueño. Le toma fotos hasta a las muflas de los carros que están a punto de caerse. Recorremos la Washington, la aguja de la gasolina del taxi marca empty desde que salimos del aeropuerto, yo sigo pensando en la muerte y no se por qué, una mujer trota con su perro por el malecón, las vendedoras de periódicos se concentran en los semáforos y se reparten entre los carriles de la avenida, un motociclista por poco choca contra un Honda Civic.

- ¿Cuál era la dirección? me pregunta el taxista
- Sí, residencial José Contreras, 10 ½ de la independencia, frente a casa España, calle B, edificio 4, manzana 6-.
- Ok para ahí vamo entonce-
y acelera justo después de pasar el obelisco.
- Éste es el obelisco macho. Dice el taxista mientras toca la bocina como un demente.
Entonces pienso que debe de haber un obelisco hembra, pero no se lo digo a nadie. Miro con temor la aguja de la gasolina parpadeando, otra vez la maquinita de que voy para un festival de poesía en mi cabeza.
Llegamos al residencial José Contreras. Había niños que partían a sus escuelas en grupo, señoras con una bolsa de pan en la mano, mujeres que se miraban en un espejito y definían sus labios, empleados recogiendo la basura.
- ¿Señora, Manzana 6?. Le pregunta el taxista a unas señoras que hablaban a la salida de un edificio.
- ¡Ah!, dé la vuelta a estos dos edificios y ¡ahí es!. Dice la que andaba con unos rulos en la cabeza.

Dimos la vuelta a los dos edificios, pero era otro número de manzana y otro número de calle. Ya empezaba a hacer calor y mi espalda se pegaba a los forros del asiento.

- ¿Calle B, Manzana 6?. Vuelve a preguntar el taxista a unas estudiantes.
- Esta es la B, pero de la manzana A. Dice una
- ¿Y la B de la manzana 6?
- No sé.
- Coño, ¿pero onde diablo e?

Damos más vueltas y nadie sabe. El taxista se rasca la cabeza y está a punto de mandarnos al carajo. Adriano se pone a vociferar, William tiene puesto su i pod y no le interesa lo que pasa. Le pregunto a un señor que corta el césped si conoce al poeta Frank Báez.

-¿ al qué?
- al poeta Frank Báez. Le vuelvo a preguntar.
- ¡Ahh no!, acá no vive ningún poeta.
- No le pregunte a gente ignorante. Me dice el taxista y vuelve a poner el cd de Alejandro Fernández.

Un tipo gordo con la gorra hacia atrás, viene con un palo de madera en las manos, juega a beisbolista strike tras estrike.
- antes que me des con ese palo, dime onde queda la manzana 6, edificio 4. le dice el taxista.
El tipo vuelve a fallar con la bola invisible y se ríe.
- bajen dos calles má y doblen a la derecha, ahí etá el edificio que utedes bucan.

El taxista no dice gracias, yo le digo gracias al tipo y se quita la gorra como se hubiese conectado un home run en nuestra esperanza. Al entrar en esa calle, mirè hacia el segundo piso del edificio 4, y allí estaba Frank saludando desde el balcón de su casa. Bajamos las maletas, le pagamos al taxista, tampoco dijo gracias, y no tenía porque, ya nos había soportado lo suficiente. Frank salió en un pijama rojo y una camisa amarilla con un pollo dibujado. Se lo presenté a mis amigos y subimos a su casa. Inmediatamente le entregué unos regalos enviados por sus amigos de Costa Rica y un six pack de Imperial que ojalá haya disfrutado. Hablamos de poetas ticos y dominicanos, compartimos libros, chismeamos un rato. La idea de que iba a un festival de poesía la olvidé por un rato, gracias al desayuno que la madre de Frank nos invitó( el mejor desayuno de todo el viaje). El sol empezaba a subir y en la casa del poeta entraba una brisa recuperante. Después de unas cuantas llamadas Frank logró encontrar la dirección de la pensión donde nos hospedaríamos, y se ofreció a llevarnos. Y mientras conducía, de vuelta por la Washington, nos contaba que en Santo Domingo, a las mujeres feas se les dice grillos. El sol nos pegaba perpendicularmente y los haitìanos vendían agua de coco en la calle. La transición del aire acondicionado a la temperatura ambiente aún no la he podido explicar.

sábado, 23 de agosto de 2008

Sobre el libro de Byron Espinoza: Preguntar el Aire

Nadie sabe dónde está la poesía y nadie enseña a escribir poemas. Alguna vez dijo Bukowski que la única obligación de un escritor es escribir. Así las cosas, leí Preguntar el aire como quién se pone una ropa de dominguear prestada. Me gusto y me disgusto, porque si de algo debe de servir un poema, o en el acto más milagroso, la poesía, es para criticar, reprochar, comunicar, o, en el más prodigioso de los casos, tener la sensación de que te pegan un disparo en la sien o que se te revienta una arteria con tan solo la vibración contenida en uno o dos versos. O en palabras del autor:

Las sirenas y los delfines del universo entero,
Confabulan para convertirse en este poema.

Se discute, en nuestro minúsculo país, de poesía romántica, moderna, posmoderna, vanguardista, socialista, amorosa, rosa, trascendente, marxista, under ground, light, new age, beat, urbana, turrialbeña, ramonense, josefina, suburbana, etc., que ya uno no sabe si son tendencias, movimientos o sectas satánicas que bailan alrededor de una guija poética. Esto al menos le da trabajo a los críticos, si es que hay trabajo, o si es que verdaderamente existe la critica en Costa Rica. En fin, son criterios que a lo mejor nada tienen que ver con la emoción que pueda transmitirle un poema, sea de la época que sea, al lector. No hay mejor agradecimiento para un autor, que cuando un lector desconocido, para bien o para mal, siente algo, cualquier cosa que se le quiebre por dentro y eso es precisamente el intento de Byron, llevar de la mano al lector al inicio del libro, luego, allí dentro, el lector, caminara solo y decidirá, si contesta o no, cada una de las hipótesis sumergidas en los poemas. Rescatable la labor de Espinoza de dejar una hendija de ventilación en cada poema, en ella el lector rastreará y elegirá la idea, o la respuesta que más le convenga de todo el submundo que habita en Preguntar el Aire.
Las imágenes del poemario son antídotos o venenos que rehabilitan o destruyen la retina. El aire es simplemente una excusa, un recurso subordinado en la mano del poeta. El aire es simplemente el peatón elegido entre tantos en la carrera de Byron para que cruce esa autopista esquizofrénica de la edición.

Obsesionado sería el adjetivo para el libro. La primicia de sus preguntas, la orfandad de sus respuestas, son la confabulación necesaria para entender que los poemas saben más del poeta que el poeta mismo. Como si no nos bastara con la filosofía y toda su tropa de griegos que no pasan de moda y que hoy por hoy adornan nuestras libreras o, para los más acomodados bibliotecas; Byron nos trae un crucigrama feroz y hermético, un grito que duerme en la cuna existencial de todo ser humano. Pero no nos dejemos engañar con la abstracción, a veces abusiva, del poemario. O es acaso que la vida misma no es un gran laberinto filosófico? Una duda imprevisible que camina descalza hacia la muerte?. El carnicero piensa, cuchillo en mano, como destazar la res, el coopero razona para mantener el hielo a punto un día de verano, como le vamos a echar el cuento a la vecina que nos gusta, , como evado este mes el cobro de la tarjeta, como mato ese zancudo que de noche no se calla, dejamos un amor gastado o nos seguimos gastando con ese amor, porque se atrasa el tren cuando llueve, como pudo suceder ese accidente de transito, quien hace esos grafittis pornográficos en los baños de los bares, como cabe esa persona obesa en la vespa, habrán asientos disponibles en el bus, estarán cobrando peaje hoy, ira a llover en la tarde, cuantos asesinados serán los top model del noticiario de hoy, siempre una pregunta tras otra, siempre una cuestión opacando a la otra, vivimos en un mundo acelerado e interrogante, un mundo del tanto preguntas tanto vales. Por eso este libro, y, alejándome del afecto que tengo por su autor, carece de soluciones, de verdades absolutas, de tendencias o tiempo, y ese es un acto que se agradece. Porque el aire, contaminado o puro, será siempre aire, y un poeta, un ser que de vez en cuando, tiene la suerte de tener una noche como la de hoy, en que puede tomarse una copa de vino en paz, gratis y lanzar su trabajo, su huerfanito de 54 cabezas, con la convicción de que tendrán menos silencio y mas luz.

Paul Celan creía que el poema era una botella arrojada al mar. Agradezcamos pues a Byron, que los poemas de Preguntar el Aire ya no le pertenecen, naufragan según la dirección del viento cada uno a diferente ritmo, son animales que no se dejan domesticar y que con sus propios dientes aprenderán a defenderse solos.

jueves, 5 de junio de 2008

Comprando ½ 34

“ Y si vas a la calle para borrar tu angustia

otros lloran también”


Polito Ibáñez


Como si llevara una película de Rocky Balboa en los bolsillos, el fin de mes es un gancho fulminante. Es de noche y el inicio del invierno me frena un poco para ir a comprar ese ½ 34 (no sé como escribirlo en chino). Los vecinos de al lado tienen una fiesta a la que, por el virus de la insociabilidad, no me han invitado, ¡ando sin suerte!. Sin paraguas, con rojo y medio en la mano, salgo a la calle desolada del barrio, la lluvia es una tristeza enmohecida que disloca cualquier encuentro con algún desconocido, uno quisiera encontrarse, tal vez, con el médico o al que le debe dinero, con un ángel de la guarda o con el amor de la infancia y comentarle- ¡ qué baldazo! Verdad?. Pero nada; los cables eléctricos escurren lágrimas desde lo alto, los buses pasan con los vidrios empañados y no hay certeza de que vayan pasajeros dentro, las escobillas de los carros van de un lugar a otro del parabrisas queriendo hipnotizar o volver chiflados a los copilotos, los caños están rebalsados y las bolsas plásticas son barquitos compitiendo hacia la nada dentro de su propio cataclismo, el sonido del agua cayendo sobre los techos de zinc tampoco tranquiliza.


Ya en el restaurante chino, en las mesas de afuera, una pareja discute si enviar a su retoño a un colegio de monjas o a uno científico.

-Da igual, total va a ser futbolista franciscano

dice el padre

-o astronauta ateo

Dice la madre

Y sonríe con tristeza emigrante el guarda del local.


El ambiente dentro del restaurante parece una desolada cantina de vaqueros con Juan Gabriel como música de fondo y un borracho en la esquina tararea Querida. En la tele proyectan el abdomen abultado de Brtiney Spears en Guanacaste y los presentadores del noticiario discuten sobre la marca de su bronceador y, en un pequeño recuadro, justamente en las piernas de la estrella del pop, pasan imágenes del último terremoto de la república popular de China, la noticia que continúa es sobre la crisis alimentaria del planeta, luego los sucesos del país, luego los deportes y el amargadísimo historial del Club Sport Herediano en esta campaña; todo un rompecabezas de muy pero muy malas nuevas.

Tomo el menú, finjo que lo inspecciono como si fuera un catador cinta negra de la comida china para llevar, y al final, como hacemos la mayoría, pido medio cantonés ( ½ 34), la esbelta china que me atiende escribe, o casi que dibuja en una servilleta un jeroglífico intendible para mi hambre. Las alas de pollo fritas están de oferta, se venden chuchecas vivas, pescado entero precio según el tamaño, las Toñas frías a 8 tejas y media, certamen de karaoke 5 mil la inscripción, y yo con solo rojo y medio en la mano. Mi ½ 34 está listo, entrego el rojo y medio que viene tibio y voy de vuelta a la casa, a mojarme la otra mitad de mi tristeza. Camino decidido, con la maldad de enseñarle a mis vecinos de la fiesta mi bandejita caliente y los dos confites envueltos en papel de arroz regalo que no esperaba.

martes, 29 de abril de 2008

ÉL

Aprendió a hacer los nudos en corbatas prestadas, los trajes enteros los compra por internet, se corta el cabello una vez al mes y usa gel de sábila traído de Calcuta o Estambul, las medias siempre le combinan con sus lentes de contacto, su reloj suizo y elegante nunca se atrasa, no falta Chopin o alguna música instrumental que, a 80 km por hora, es difícil de escuchar en su Mercedes Benz convertible. Hace mucho que superó el complejo de las orejas grandes. Ni las estadísticas ni tu nombre son importantes para Él. Si le viene en gana vender el pueblo, con toda y su inseguridad social, lo hará sin temor. Su palabra está por encima de Dios o algún Juan Santamaría contemporáneo. Él es dueño de tu Familia y de todos los cañales hasta donde te alcance la vista. El tamaño de su biblioteca es tres veces más grande que las dimensiones de una casa para bien social. Juega ajedrez sobre el mapa del país. Los creyentes dicen que ha hecho un pacto con el diablo, los demás, creemos firmemente que es oriundo de las hienas. Los domingos, cuando cae la noche, y uno es un Lázaro en retroceso esperando que no exista el lunes, Él aparece en la tele comunicando los avances de la patria, pero antes, en el noticiario, informan los aumentos del arroz, la carne, la gasolina, la luz, anuncian las muertes por robos de teléfonos celular, los conductores ebrios, las presas en Chepe, las nalgas de Fulana en (des) cantando por un sueño, la prostitución infantil, el cuerpo en un charral de la mujer agredida. La línea del horizonte se perdió, pero Él no tiene memoria, no hay pañuelo que limpie su conciencia. Tiene amigos chupamedias que reciben todas las balas perdidas dirigidas a su arrugado cuello. Él no lo piensa dos veces en regalar parte de su salario a una escuela, a una familia pobre, y espera que los ciudadanos aplaudan y lo invoquen y tengan afiches suyos en todas las fundaciones y casas de caridad. Él es el Alfa y el Omega, la Santísima Trinidad de la ley, leyenda viva del protagonismo. Intelectualoide aristocrático de los tanques sépticos de la Clase Alta. Él es la mesa de billar, las bolas y los palos. Él es la viagra del subdesarrollo, el amigo que nunca debimos tener, el zopilote de la paz en pleno vuelo, el Chespirito del dólar, la Segua vieja que ya no asusta, el Quijote burgués made in China. Enemigo de las huelgas y del diálogo, arlequín de la empresa privada, pequeño molusco come mocos, malabarista de la fachada y el optimismo, cuatrero sin peligro de extinción. Si por Él fuera, habría en cada esquina de los parques una estatua con su nombre, y tendríamos que tener fe en que las palomas, con su cuita, hagan lo suyo. Esconde un control remoto cargado de esperanza bajo el puño derecho de su camisa, te dirige, te controla, te ordena, te sacude, te domestica, te venda los ojos en medio de una cuerda floja. Él, el Jalisco nunca pierde, sabe tu dirección, tus números, tu cuenta bancaria, tu crédito, tus vicios, tu maqueta de vida. Él, Caín sin mandíbula, Herodes en mocasines, zaguate de playa privada. Borges lo sospecho desde un principio:”Otro cielo no esperes; / ni otro infierno”.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Salud Poeta

El Grupo Libertad Bajo Palabra presenta:

SALUD POETA !

con:

Juan Antillón
Alejandra Solórzano
Ricardo Marín
Axel Noffal

Presentados por Billy Saenz Patterson

MARTES 13 NOVIEMBRE 8PM
PIZZERIA LA MINERÍA
Barrio Escalante De Intensa 100 Este y 25 Sur (en la línea del tren)Reservaciones (porque el sitio es pequeño):372-67-37

miércoles, 24 de octubre de 2007

Instantáneas (Calle 155)

Uno. La noche se agita como la suiza de un boxeador.

Dos. En las gradas de la iglesia los Chorbis invitan a su ángel de la guarda al Bazuco, a la pacha.

Tres. El travestido, ahora pelirrojo, se sienta en una banquita del parque, saca de su cartera el espejo; define sus labios y ahora son rojos como una capota de torero.

Cuatro. La Viagra y la vacuna contra la gripe tienen un 20% de descuento en la farmacia, pero ese adulto mayor viene solo por Famotidina.

Cinco. En el Palacio Municipal, mientras parte del Consejo bosteza en la sillita del pueblo, le explican a una funcionaria que el rock también puede ser cultura, aunque sus oídos, definiblemente incapaces, aclarativamente analfabetos, no hacen otra cosa que escuchar el vals de la ignorancia. (Las disculpas del caso a Morrison, Mercury, Lennon, Cat Stevens, Capmany, Kiss, Viet Com, Pink Floyd U2, etc.)

Seis. De las tres, una llevaba enagua. Entre taxistas, chanceros y varios lobos transeúntes soplaron y soplaron. Pero por la acera no hubo calzones, ni cuento, ni nada.

Siete. Frente a Pachi’s, el niño de las melcochas espera a su padre alcohólico. Mientras, ve pasar su infancia en unas monedas que no le pertenecen.

Ocho. Un perro mueve la cola en el mostrador de Pollos Pío Pío. Entre patadas y rechazos encuentra un hueso en la acera. Y no hay nada de extraordinario en esto, como tampoco en el corazón dibujado sobre el vidrio empañado de un autobús que pasa.

Nueve. ¿A quién se le ocurre virar a la izquierda en la licorera Malex? Que lo diga el conductor con una Pilsen en la mano, el policía de tránsito evadiendo el soborno, la moto sin marchamo arrugada en el asfalto.

Diez. La noche se agita como las piernas de un mal boxeador. Juraría que es Noche Buena, si fuera un villancico y no la cumbia de Jikiros el ritmo que duerme al borracho en el caño.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Regresión

Es una mañana de un año que no recuerdo. Desde mi cama, siento el calor de la cocina de leña, la tos de mi abuela soplando los tizones atraviesa las paredes de esta casa vieja. Con la ayuda del radio de transistores, mi abuelo tararea a Agustín Lara, pasa frente a mí con ese paso de tren con asma a punto de descarrilarse, recoge el pan que amanecía, militarmente, colgado a un clavo de la puerta del corredor todas las mañanas, vuelve a pasar frente a mí, me doy cuenta de que en la otra mano lleva la bacinilla, mi regalo antagónico para un día del padre. Miro hacia el cielo raso, el miedo de derrumbe no existía en este tiempo, sólo un poco de comején y los fósiles de algunos zancudos crucificados con la sandalia de mi madre. Todavía se percibía en el cuarto su perfume, su olor a talco, todavía estaba tibio su lado de la cama, porque dormir con mi madre no era cuestión de vanidad de hijo único, digamos mejor, por problemas de hacinamiento. Seguramente, al partir, me dio un beso en la frente, salió de la casa, rumbo al trabajo, pensando en sus ojeras y mi tarea de religión (San Francisco de Asís); seguramente pasó a la pulpería Gran Chaparral y pagó la deuda de la melcocha (siempre sin premio), del betún de mi abuelo, de la mortadela con gordo, de la cena anterior. Siempre fue un arma de doble filo pedir fiado en el Gran Chaparral, que lo diga aquella niñez con tendencia a la obesidad.

Sigo en el letargo de la cama. Debe de ser sábado. El vecino lava su Datsun 120 con Jhonny Ventura como banda sonora, el escándalo se esparce por todo este barrio, barrio bajo con proyección a clase media. Me gusta Lily, pienso, la hija del dueño del Datsun, aunque coma mocos, aunque regaló mi papalote, aunque colecciona cabezones, aunque, hasta la fecha, no me dé pelota, me gusta Lily. Abro la cortina que da a la calle y, tras la ventana, miro a toda esa familia enjabonando a ese dinosaurio destartalado, envidia de los vecinos. Lily anda en short y una camisa de My Lilltle Pony heredada de su hermana que, pronto hará la primera comunión (ella no comía mocos pero no era Lily) y antes que se le suelte una de las colas, se mete un dedo a la nariz, se lo saca y se traga un moco, me gusta Lily, cierro la cortina.

Enciendo la tele por pura inercia de mis limitaciones pensativas. Sí, debe de ser sábado. Antes de que la imagen a blanco y negro aparezca, la música de Recreo Grande empieza a sonar. Tía Flory nunca me infló tan siquiera un globo de imaginación, ¿por qué ves esas pendejadas?, dijo mi abuelo, no supe qué decir y empecé a comerme las uñas, primero la del meñique, luego la del pulgar, ¿por qué putas te comes las uñas?, me vuelve a preguntar. Al tiempo, comprendí que mi abuelo siempre fue un hombre de preguntas y no de respuestas, un hombre para recibir abrazos y no para inventarlos. Vuelvo a la tele: Tía Flory y su varita mágica, su voz más que impostada, fingida. Imagino a la Tía Flory luchando en Glow, dándose de panzazos con Matilde la Grande, o de sillazos con la Española Roja, o ligándose al Hombre Selvático mientras llega mi abuela al cuarto diciendo que el desayuno está listo. Apago la tele decepcionado de la Tía Flory.

No quiero moverme de la cama. Tengo costras del partido de ayer en una pierna y no anoté. Regresa mi abuelo aún con la bacinilla en la mano, -estás muy huevón pa estar durmiendo todavía, levántate, la vieja ya hizo el desayuno-. Sin uñas, pero con costras, me siento a la mesa. Mi abuela maldice a Ringa, la perra, en un idioma ajeno para mi edad, mi abuelo reza frente al gallo pinto, dando gracias a un ser que nunca nos ha guiñado el ojo, el calor de la cocina de leña sonroja a mi abuela o eso quiero creer. Comemos en silencio, como buscando un adjetivo para sobrevivir al día, -El amor no se compra ni se vende- canta Memo Morales en la radio. Desde el comedor, escucho la risa de Lily y ahora soy yo quien se sonroja.

Es una mañana de un año que verdaderamente no recuerdo. Una mañana hace más de dos décadas, en una casa vieja sostenida por los recuerdos , como hoy.